Primer capítulo- "La ensenada de los cipreses Opus 29"

Llevaba demasiado tiempo sin verlos, y reunirse otra vez con ellos hubiese sido como recuperar algo muy querido, sobretodo ahora que había cobrado conciencia de lo que de veras le importaba. Pretendía incorporarlos de nuevo a su vida, aunque no confiaba, y todo por aquella pelea entre Lucio y Julio.

Después de eso, la marcha de Julio sin dejar rastro, olvidando su pasado y los que hasta esos momentos le habían pertenecido.

Esa parte de su existencia, era como la cara oculta de la luna con la oscuridad y lo desconocido dominándolo todo. “The dark side of the moon” -susurró en voz baja- y de repente recordó la carátula del disco de Pink Floyd, un prisma atravesado por un haz de luz blanca y que se descomponía en colores, o era al revés no recordaba bien. Una juventud al principio blanca y diáfana que tendía hacia los colores indefinidos y sin vida de su existencia actual.

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Llevaba dos horas abandonado en el sillón agarrado a una copa de coñac, mirándola, y en ella estudiaba con detenimiento las huellas de sus dedos repartidas por el cristal. También se dejaba apaciguar por la música de Rachmaninov. Dejaba que sus compases le trajeran imágenes felices de otras épocas, y lo hacía para esquivar el desamparo que aparecía algunas noches, y que se le presentaba como una lluvia de verano repentina que lo empapaba antes de que pudiera huir.

Y con Rachmaninov su cabeza comenzó a mecerse en una melodía antigua unida a Lucio, unas notas prendidas después de la marcha de Mónica al ordenar los restos de la batalla. Y era porque había encontrado una cinta con su música, proveniente de un antiguo regalo.

Esa música de alguna manera la había adoptado como una especie de himno, el que representaba su retorno, porque le aportaba muchos recuerdos y porque formaba parte del universo privado de Lucio.

Entonces terminó el disco y al levantar la mirada fue cuando las vio. Las llaves llenas de colores permanecían inmóviles igual que un camaleón que acechara a su presa. Recordó que Mónica las había dejado al marcharse hacía un mes y aun seguían en el mismo lugar ya que no se había molestado en retirarlas. En el fondo esperaba que un día volviera para guardárselas distraídamente, como si nada hubiera ocurrido.

También desde hacía una semana había cerrado una caja de cartón que aguardaba en el recibidor con las cosas olvidadas por Mónica. Tenía la esperanza de atreverse un día a llevárselas o de que ella echándolas en falta, volviera para recuperarlas.

Al principio lo hizo para autoconvencerse de lo poco que le había afectado el abandono. Ahora con el tiempo que había tenido para pensar, se daba cuenta de lo teatral del acto ya que en realidad su ausencia le dolía hasta la angustia.

Se había convencido de que ya no iba a volver. Por eso estaba dispuesto a arrojar a la basura esa misma noche, todo lo que pudiese desprender su aroma y que le socavaba el alma. Quería aislar esa etapa. Eso le hacía pensar cada vez mas en sus dichosos años de juventud, y al comprender lo feliz que fue en su momento, aún se sintió mas desgraciado.

Le gustaba recordar los tiempos en los que aun no la conocía.

Pensó que ahora estaba dentro de una existencia miserable, y tuvo rabia porque nunca se imaginó sumido en aquella mezcla de indolencia y hastío. Desde entonces iba buscando una manera de vivir que le hiciera olvidar la otra, la anterior.

Un día ella le dijo: "Confundes la realidad con tus propios deseos". Nunca supo lo que encerraban esas palabras y si no eran más que un reproche.

La melancolía impregnaba la habitación y espesaba el aire haciéndole lanzar suspiros como si fuese un pez fuera del agua. Al mismo tiempo el tren de las diez lanzó un pitido al pasar por detrás de la factoría de coches, y lo imaginó cruzando el paso a nivel de la carretera de Segovia, con la larga sucesión de vagones traqueteantes y obedientes.

Se levantó del sillón y miró en esa dirección aunque una colina no le permitiese verlo. Mantuvo durante unos instantes la cabeza, como si siguiese el convoy con la mirada y pudiese apreciar como se diluía en la negrura del paisaje.

La noche se le volvía a echar encima. Su cabeza en ella, zozobraba como un barco en la tormenta y al mismo tiempo lo acompañaban los ruidos de los vecinos que comenzaban a volver a sus casas. Los sonidos como si fuera el truco de un mago barato, tomaban poco a poco forma y se transformaban en personas de carne y hueso que iban encendiendo algunas luces y cruzaban susurros.

Su mano sudorosa tanteó en el bolsillo la pequeña caja de latón que contenía al mismo tiempo el alivio a sus males y su perdición, y no sabía si caería en la tentación de abrirla. Dudaba en extraer el alfiler blanco que cuando ya no lo podía soportar mas, dibujaba sobre el espejo, y engullía como un fakir acostumbrado a su rutina para conseguir alejar los temblores y la ansiedad. Pensó que si lo hacía como algunos días, luego encontraría alivio dejándose arrastrar al pasado, su mejor época, repleta de buenas sensaciones. Se le ocurrió que sería por eso que últimamente no cesaba de evocarlo.

Era la época en que compartía los estudios con Julio Martín y Lucio Soler, cuando aun creía en sí mismo, y se veía capaz de atravesar cualquier barrera que le cortase el paso. Él a solas o con sus amigos, sus amigos cubriéndole las espaldas y dándole aliento.

Y estuvo seguro de que con ellos no se hubiese hundido tanto en el lodo, o que de hacerlo, luego hubiese salido de allí con mucha más facilidad.

2

Día primero.

Se despertó, abrió los ojos.

Al recuperar la consciencia, apreció que el respaldo del asiento de la fila anterior interrumpía su visión del mundo y en él un cenicero lleno de cigarrillos le provocó una sensación desagradable. Su compañero de asiento también dormía. Llegaba desde un lugar perdido y durante esos primeros instantes pensó que aun no había acabado de salir. Se hallaba en un espacio indefinido.